Esta es mi reseña de Riverdale después de haber visto la serie completa, desde su prometedora primera temporada hasta su final caótico y excesivo. No quiero disfrazar lo que viví como espectador: me encontré con una montaña rusa que me hizo reír, desesperarme, emocionarme y, en más de una ocasión, preguntarme por qué seguía viéndola.
Y sin embargo la terminé, porque algo en su descontrol absoluto resultaba hipnótico.
Una primera temporada que atrapó con misterio y nostalgia
La primera vez que puse Riverdale en Netflix lo hice con curiosidad, más por nostalgia de los cómics de Archie que por expectativas reales. Y debo reconocer que el inicio me atrapó.
Ese tono oscuro, casi gótico, con luces de neón en los pasillos de la secundaria y una atmósfera de misterio alrededor de la muerte de Jason Blossom tenía fuerza. Había un guion con dirección clara: un asesinato, secretos ocultos en familias respetables, amistades puestas a prueba.
Archie no era solo el chico popular del cómic, sino un adolescente dividido entre el fútbol y la música. Jughead se convirtió en narrador y conciencia crítica. Betty dejó de ser la vecina perfecta para mostrar un lado vulnerable y oscuro que terminaría creciendo con el tiempo.
Verónica apareció como la recién llegada sofisticada, atrapada en el peso de su apellido. Durante esa primera temporada, los personajes tenían coherencia, los conflictos eran reconocibles y el misterio central sostenía la intriga. Me recuerdo a mí mismo devorando episodios en una madrugada de insomnio, sintiendo que volvía a tener 16 años, con ese cosquilleo de estar ante un secreto por descubrir.
Del misterio a la locura: la mutación a partir de la segunda temporada
Lo que ocurrió después fue inesperado. La segunda temporada todavía mantenía algo de lógica, pero ya dejaba ver lo que vendría: giros cada vez más disparatados, villanos que parecían sacados de caricaturas, conspiraciones imposibles, mafias absurdas y un desfile de clichés que se usaban y desechaban en cuestión de minutos.
Lo sorprendente es que, en vez de arruinarla por completo, todo eso le dio un encanto particular.
Sí, lo digo sin rodeos: Riverdale se volvió una serie basura, pero era una basura disfrutable. Hubo capítulos en los que no podía dejar de reírme por lo ridículo de las tramas, y aun así estaba enganchado.
Recuerdo el arco del “rey gárgola” y todavía me pregunto cómo alguien aprobó esa idea en una sala de guionistas. O los episodios en los que de pronto todo se convertía en un musical forzado, con actores que claramente no habían sido contratados para cantar. Y sin embargo, ahí estaba yo, esperando el siguiente disparate.
En esta etapa, Riverdale dejó de ser un drama juvenil con tintes oscuros para transformarse en una especie de parodia involuntaria de sí misma. Y aun así, funcionaba. Era como ver un tren descarrilarse en cámara lenta: sabías que no tenía sentido, pero no podías apartar la mirada.
La contradicción entre homenaje y profanación
Uno de los aspectos más fascinantes de Riverdale es cómo juega con su origen. Para quienes crecimos leyendo Archie, ver a esos personajes convertidos en versiones retorcidas fue un shock.
Al principio pensé que era un homenaje arriesgado: darle profundidad a figuras planas, explorar traumas, sexualidad, secretos familiares. Betty luchando con su dualidad, Verónica debatiéndose entre el bien y el mal, Jughead asumiendo un rol casi filosófico. Todo eso me parecía interesante.
Pero también hubo momentos en los que sentí que la serie profanaba el recuerdo original. Archie teniendo una relación con su maestra, Cheryl convertida en semidiosa mística, la ciudad atrapada en dimensiones alternativas.
Hubo noches en las que me preguntaba en serio si los guionistas estaban parodiando el material o si simplemente habían perdido todo control. Y ahí está la magia rara de Riverdale: esa sensación de estar frente a algo que no debería existir, pero que justo por eso se vuelve inolvidable.
Creo que la serie terminó reflejando la manera en que hoy miramos la adolescencia: ya no como un paraíso inocente, sino como un territorio donde lo absurdo y lo oscuro se mezclan constantemente. Riverdale convirtió la vida escolar en un carnaval de excesos, donde lo trágico y lo cómico se daban la mano sin pudor.
El legado de un espectáculo absurdo pero cautivador
Con el paso de las temporadas, la trama se volvió cada vez más incontrolable. Viajes en el tiempo, universos alternativos, personajes que morían y regresaban sin explicación, romances que se encendían y apagaban en cuestión de escenas. Era evidente que la coherencia ya no importaba. Lo único que importaba era sorprender, provocar, reinventarse.
Y aunque muchos abandonaron la serie, yo decidí seguirla hasta el final. Lo hice con la certeza de que estaba viendo un producto que sabía lo que era: una exageración sin freno. En un mundo televisivo obsesionado con la seriedad y el prestigio, Riverdale se atrevió a ser ridícula, y en eso encontró su identidad.
El final, aunque no redimió todos los excesos, sí cerró con cierta honestidad. Los personajes, deformados por años de giros imposibles, se reencontraron en una especie de despedida melancólica. Y confieso que me emocionó.
No porque la historia tuviera sentido, sino porque después de tantas horas acompañando a estos adolescentes imposibles, sentí que también estaba despidiéndome de una etapa de mi vida como espectador.
¿Obra de culto o exceso olvidable?
Hoy, cuando alguien me pregunta si recomiendo ver Riverdale, me cuesta responder con un sí o un no. Si lo que buscas es un drama adolescente bien escrito, con coherencia narrativa y evolución sólida, la respuesta es que no.
Riverdale no es eso. Pero si lo que buscas es una experiencia diferente, un show que mezcla lo serio con lo ridículo, lo emotivo con lo grotesco, entonces sí: vale la pena.
Para mí, Riverdale se ganó su lugar como serie de culto precisamente porque fue valiente en su descontrol. Porque nunca tuvo miedo de pasarse de la raya. Porque convirtió sus fallos en espectáculo. No es una serie perfecta, ni siquiera una serie “buena” en términos convencionales. Es, más bien, un recordatorio de que el entretenimiento no siempre necesita lógica para ser memorable.
Al final, me quedo con esta contradicción: Riverdale es mala y, al mismo tiempo, irresistible. Es absurda, pero cautivadora. Es un desastre narrativo, pero un fenómeno cultural. Y esa mezcla la convierte en algo único.
