Hay algo que huele mal cuando un bar en medio de Escocia tiene que pedir disculpas por querer celebrar Halloween con varitas, capas y un poco de magia. Sí, hablo del Old Forge, ese pub remoto al que solo se llega caminando casi treinta kilómetros o cruzando el mar. Un rincón perdido donde, irónicamente, la fantasía acaba de ser cancelada.
El plan era inocente: una noche infantil de Harry Potter el 31 de octubre. Pero bastó con que el nombre de J.K. Rowling apareciera en el cartel para que se desatara la tormenta.
Críticas, mensajes, boicot.
Una cacería más, esta vez dirigida contra un local que —por desgracia— decidió rendirse antes de tiempo.
“Usar Harry Potter como tema ha generado división”, escribió la dirección del pub.
“Algunos de nuestros empleados recibieron críticas injustificadas.”
No hay hechizo que repare el miedo al juicio público. Y ese miedo es el verdadero enemigo aquí.

El respeto no debería ser una palabra prohibida
Porque, seamos claros: Rowling no ha dejado de ser la autora de una saga que cambió generaciones. Podemos debatir sus opiniones, discutir sus posturas o incluso no estar de acuerdo con nada de lo que dice. Pero borrar su nombre de un cartel o cancelar una fiesta infantil por miedo a la controversia… eso no es inclusión. Es censura con maquillaje.
El pub, intentando calmar las aguas, recordó su apoyo al Orgullo de Knoydart y mencionó que la velada incluiría incluso una colecta benéfica para jóvenes trans.
Aun así, nada fue suficiente. La magia tuvo que desaparecer, por “precaución”.
Y lo curioso —lo doloroso, incluso— es que en este caso no ganó la empatía, sino el ruido.
El respeto se volvió una palabra vacía, usada solo cuando coincide con la opinión correcta.
Yo lo digo sin rodeos: está bien que ciertas ideologías quieran meter las manos en los mundos de Harry Potter y en Rowling.
Pero está mejor cuando los verdaderos potterheads defienden algo que parece haberse olvidado: el respeto.
Respeto por quien creó los libros que te enseñaron lo que era el valor, la amistad, el sacrificio.
Respeto por quien, te guste o no, levantó un universo que sigue inspirando a millones.
Es 2025. Ya no necesitamos más hogueras públicas. Necesitamos algo más antiguo, más poderoso, más difícil: la capacidad de convivir con lo que no pensamos igual.
Porque al final, la magia no está en los hechizos.
Está en poder mirar al otro sin querer borrarlo.
