Hay decisiones creativas que pesan durante años. Y, sí, el remake de Harry Potter de HBO despierta dudas, pero también una oportunidad: por fin hacer sitio a lo que el cine no pudo.
Cuando Chris Columbus habla de aquello que “no llegó” —Peeves, el juicio de pociones— no suena a excusa: suena a reloj.
(Para muchos —me incluyo— Columbus es el mejor director que han tenido las películas de Harry Potter. Lo digo sin pestañear: su ojo para la infancia y el asombro levantó el mundo sobre el que todos caminamos después.)
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El arrepentimiento que abre una puerta
Columbus reconoce dos ausencias que, en realidad, son la misma: tiempo. Peeves, el poltergeist que encarna la travesura caótica de Hogwarts, y el rompecabezas de pociones —esa prueba fría y lógica que Harry y Hermione resuelven a contraluz de la muerte— quedaron fuera. No por falta de amor, sino por falta de minutos. El cine pide podar; la historia, a veces, pide quedarse.

Me pasa algo curioso: cuando escucho a Columbus decir con tanta claridad que la serie debe incluir esas escenas, me sube el pulso. A mí, personalmente, que ya estaba dentro del barco, me crecen las ganas aún más. Porque lo que lamenta no es un capricho de fan; es estructura. Peeves no es solo comedia; es la cara traviesa del castillo. Y el juicio de pociones no es “una prueba más”: es el recordatorio de que, en el mundo mágico, el valor también se declina en razón, no sólo en valentía.
(Yo siempre eché en falta ese momento de Hermione, el de la lógica como magia. Es una escena que no grita, pero te cambia la temperatura del cuerpo.)
Columbus lo resumió con una frase que se te queda clavada: “Tienen diez horas. Ojalá las aprovechen.” Diez horas para restituir matices. Diez horas para que el “qué” y el “cómo” se den la mano.
Televisión vs. cine: cuando el tiempo también es ética
La televisión no es solo “más metraje”; es otra ética narrativa. En el cine, cada escena pelea por su vida. En una serie, el relato respira y el subtexto encuentra casa. ¿Qué cambia con el remake de Harry Potter de HBO? Que la historia puede ocuparse de detalles con sentido: la broma que revela carácter, el pasillo que sugiere peligro, la prueba que educa al héroe.
(Yo lo siento así: cuando Columbus admite que no hubo tiempo ni —seguramente— presupuesto para rodarlo todo, no lo leo como fracaso, sino como honestidad. Y esa honestidad me predispone a confiar en el formato largo.)
HBO —si cumple la promesa— puede medir Hogwarts con un metro distinto: menos tijera, más ritmo interno. Peeves desordena el decorado para recordarnos que la magia no es higiénica. El juicio de pociones eleva a Hermione sin gritos ni varitas: una niña que piensa y, pensando, se juega el cuerpo. Eso, en 45 minutos de televisión, no es relleno: es núcleo.
(Confieso que la idea de un remake me inquietaba. Pero si ese miedo es el precio de recuperar escenas que respiran carácter y tema, yo lo pago. Feliz.)
Protecciones, símbolos y el espejo que devuelve la forma
Las protecciones de la Piedra Filosofal no son meras pruebas de videojuego; son metáforas de formación. Las llaves voladoras, el ajedrez, el juicio de pociones: cada obstáculo traduce una virtud. Coraje, estrategia, lógica. Juntas componen un currículum moral para niños que están dejando de serlo. Sacarlas encoge la historia; devolverlas la vuelve armónica.
Hay, además, un juego de espejos en la saga que muchos lectores han señalado: Reliquias dialoga con Piedra, Príncipe con Cámara, Orden con Prisionero, y en medio, Cáliz como eje. Esa estructura quiástica no se ve a simple vista en las películas, pero late en los libros. Y late —sobre todo— si Piedra está completa. El juicio de pociones añade la nota que más tarde resonará en decisiones mayores: elegir con la cabeza fría cuando el corazón arde.
(Yo quiero ver eso. Quiero ver a Peeves reírse donde nadie debería reír, y quiero ver a Hermione contar pasos, frascos, probabilidades, y decir “vamos”. Quiero que la serie me devuelva ese eco.)
Por eso, si el remake de Harry Potter de HBO tiene un deber, no es “rehacer planos bonitos”, sino restaurar funciones: devolver a cada escena su papel en el crecimiento del trío. Y si, como dijo Columbus, hay “diez horas” para hacerlo, entonces que cada hora vengue un recorte. Que Peeves reincorpore el caos. Que el juicio de pociones reinstale la lógica como acto de amor. Que el Espejo de Oesed no sea sólo un icono, sino una pregunta que se contesta a lo largo de años.
