Dicen que los muros de Hogwarts están llenos de magia, pero a veces parecen también estar hechos de silencio. Porque los Estudios Muggles no son una asignatura obligatoria. Y eso, aunque suene anecdótico, deja una grieta. Una de esas pequeñas fisuras que no hacen ruido al romperse, pero que con el tiempo deforman el reflejo de lo que debería haber sido.
Entre calderos, encantamientos y libros que respiran por sí mismos, los estudiantes de Hogwarts se sumergen en un universo de maravillas. Aprenden a defenderse de lo oscuro, a cuidar mandrágoras, a medir el tiempo en lunas y estrellas. Pero, curiosamente, la existencia del otro mundo —ese que camina sin varitas— queda relegada a un rincón opcional, a una clase que uno puede tomar si tiene ganas. Si le sobra tiempo. Si no tiene algo más “útil” que hacer.
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Y eso duele. No en el sentido dramático. Duele como duele una omisión. Porque Albus Dumbledore, con toda su sabiduría, permitió que ese rincón quedara en penumbra. No hizo obligatorio que los futuros magos conocieran a quienes viven sin magia. Como si no valiera la pena.
¿Realmente es necesario entender a los muggles si no necesitamos vivir como ellos?

Tal vez sea justo comenzar por aquí. Desde fuera, podría parecer una exageración. ¿Por qué obligar a un joven mago a estudiar cómo viven los muggles si no va a usar neveras, coches o tarjetas bancarias? Al fin y al cabo, el mundo mágico tiene sus propios caminos: sus monedas, sus leyes, sus formas de hacer aparecer comida con un giro de varita.
La idea de que ambos mundos están separados está tan arraigada que incluso la cotidianidad mágica evita los puntos de cruce. No hay clases sobre teléfonos, ni sobre trenes eléctricos, ni sobre historia mundial. Y, cuando los magos necesitan algo, lo consiguen por medios propios. Con magia.
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Así que, claro, a primera vista tiene sentido. ¿Para qué conocer a los muggles si no necesitas convivir con ellos? ¿Para qué entender su literatura, su ciencia, su arte o su lógica? Algunos dirán que basta con evitar cruzarse con ellos. Que la ignorancia no lastima si hay distancia.
Pero eso es solo cierto en los cuentos sin grietas. En la vida real, incluso la mágica, los mundos colisionan. Y cuando lo hacen, duele no saber qué hacer.
Una asignatura con reputación deslucida en un mundo que desprecia lo no mágico

La decisión de hacer opcional esta materia no se dio en un vacío. Hay algo mucho más profundo en juego. Estudios Muggles no solo es una asignatura que se ignora. Es una asignatura que se desprecia. Que se mira de reojo. Que muchos consideran “inútil”, “fácil” o incluso “peligrosamente blanda”.
No es casual. El desprecio hacia lo muggle está tan presente en Hogwarts como los retratos parlantes. Draco Malfoy, por ejemplo, no es un simple matón adolescente. Es un espejo. Uno que refleja cómo se ve a los hijos de muggles: con desconfianza, con repulsión. Incluso profesores como Snape, cuya historia es un pozo de contradicciones, no hacen mucho por ocultar ese desdén.
En ese clima, ¿cómo esperar que alguien valore una asignatura que pretende humanizar al “otro”? ¿Cómo enseñarla con pasión si quienes la cursan ya llegan pensando que es una pérdida de tiempo?
Y sin embargo… está Arthur Weasley. Con su torpe ternura. Con su fascinación por los enchufes y los patitos de hule. Él sí ve el mundo muggle con ojos curiosos, no con condescendencia. Pero es una minoría. Una rareza encantadora. No el reflejo general.
¿Y si ese desinterés generalizado es, en realidad, una excusa para perpetuar una ignorancia conveniente? Al fin y al cabo, aprender del otro es el primer paso para dejar de temerle.
En Hogwarts, aprender sobre muggles nunca fue prioridad. Pero, ¿no debería serlo?

Hay una paradoja que nadie quiere mirar directamente. Los magos sí se cruzan con muggles. En estaciones de tren. En calles llenas de coches. En negocios del centro de Londres. Algunos incluso trabajan con ellos o los aman. Pero nada en su educación formal los prepara para eso.
¿Te imaginas a un estudiante de secundaria decir que no necesita historia o geometría porque nunca va a usarla? Suena absurdo. Y, sin embargo, en el mundo mágico se acepta que no saber nada del otro 99 % de la población mundial es, simplemente, “opcional”.
Eso, en cualquier universo, es una receta para el aislamiento.
Hay un momento en Animales Fantásticos que me viene a la cabeza. No lo tengo claro del todo, creo que fue en la segunda película… cuando Newt intenta explicar su mundo a alguien sin magia y se da cuenta de lo poco preparado que está para eso. De lo incómodo. De lo torpe. Como si la magia se volviera torpe cuando no hay un lenguaje común.
Y es eso. Es ese silencio incómodo el que se cuela en la educación mágica.
No se trata de aprender sobre microondas o semáforos. Se trata de entender al otro lo suficiente como para no temerle, para no despreciarlo, para no chocarse con él como quien tropieza con una sombra.
¿Hacemos mal en asumir que lo mágico basta?
Tal vez sea eso. Tal vez hemos creído durante tanto tiempo que la magia lo resuelve todo, que nos cuesta ver sus límites. Pero la ignorancia también es una barrera. Una que ni el mejor hechizo puede deshacer.
Convertir los Estudios Muggles en una materia opcional es una declaración silenciosa de prioridades. Dice: “Esto no importa tanto”. Dice: “Hay cosas más valiosas que entender al otro”. Y lo dice sin levantar la voz, sin lanzar conjuros, sin dejar cicatrices.
Pero está ahí. Y el precio se paga más adelante, cuando un mago no sabe cómo consolar a una madre muggle, o cómo hablar con alguien que no entiende lo que es una varita, pero sí lo que es perder a alguien.
Hay cosas que no se enseñan en Defensa Contra las Artes Oscuras. Y otras que nunca se aprenderán si seguimos tratando lo no mágico como algo inferior.
Quizás la verdadera magia empiece cuando dejamos de pensar que ya no necesitamos aprender.
